El 31 de julio no solo dejó de imprimirse un periódico. También quedó retratado un cambio que comenzó hace años y que todavía sigue acelerándose. La decisión de El Nacional de abandonar el papel para concentrarse en lo digital no debe verse como una derrota, sino como un acto de transparencia empresarial. Sus propietarios tienen la capacidad de sostener una edición impresa si así lo quisieran. Si decidieron cerrarla, es porque entendieron que el modelo dejó de ser sostenible.
Y esa realidad, tarde o temprano, alcanzará a los demás. Ninguna empresa puede perder dinero indefinidamente por romanticismo. El papel se despide poco a poco, no por falta de historia, sino porque cambió la manera en que las personas consumen información.
Pero aquí aparece la gran advertencia. Pasar a digital tampoco garantiza audiencia. Reduce costos, sí. Asegura lectores, no. Hoy la atención vale más que la distribución. La gente lee menos, miles de noticias compiten por segundos de interés y los videos cortos, los memes y los algoritmos disputan cada minuto del tiempo disponible.
Por eso el verdadero desafío ya no es imprimir o publicar en una página web. El reto es responder una pregunta sencilla. Por qué alguien elegiría un medio y no otro. Si todos cuentan la misma noticia de la misma forma, el público simplemente seguirá deslizando la pantalla.
El futuro no pertenece al papel ni tampoco al formato digital. Pertenece a los medios que logren ofrecer algo que los demás no pueden dar. Ese será el único modelo verdaderamente sostenible.





















































