Editoriales

Virgen de la Altagracia: Reina, Madre y Protectora del Pueblo Dominicano

Se acerca la fiesta de la Reina del Cielo y Madre de todos que tiene el don excelso de unir los corazones de nuestro pueblo. Me refiero por supuesto a la Virgen de la Altagracia, conocida cariñosamente como nuestra "Tatica de Higüey" o "Nuestra Señora de la Altagracia", protectora espiritual de los dominicanos.

Su bella presencia ha iluminado la historia de nuestra nación desde nuestros inicios. A medida que se acerca su fiesta el 21 de enero, un día de júbilo nacional, es más que oportuno rendirle homenaje a través de estas breves líneas, recordando sus orígenes, su difusión, y sobretodo la rica simbología teológica de su imagen.

Esta devoción tiene sus raíces en los albores de la evangelización del Nuevo Mundo, convirtiéndose en un faro de fe no sólo en nuestra tierra sino más allá de nuestras fronteras.

Según documentos históricos y tradiciones orales preservadas en obras como el libro "Donde Floreció el Naranjo" de Monseñor Juan Pepén, la imagen llegó a estas tierras alrededor del año 1500, traída por los hermanos Alonso y Antonio Trejo, provenientes de España.

La obra, un óleo sobre tela de la escuela española primitiva, representa una escena de la Natividad, con la Virgen María en el centro, velando por el Niño Jesús.

Sin embargo, la devoción no se limitó a un mero traslado de una imagen; floreció a través del cobijo de un naranjo (ese sagrado lugar permanece accesible a los devotos en la Parroquia San Dionisio, primera iglesia donde se veneró su imagen. Según la tradición histórica todo empezó cuando la más joven hija de uno de los Trejo, conocida como "La Niña de Trejo" tuvo un sueño donde la Virgen se le apareció y le pidió que solicitara a su padre una imagen de Nuestra Señora de la Altagracia durante su viaje a Santo Domingo. El padre, desconcertado por la petición ya que desconocía tal advocación, buscó en vano en la capital. De regreso, pernoctó en una posada (en Hato Mayor en un lugar conocido como Hoyoncito, donde se le ha construido recientemente un templo fruto de la celebración del centenario del Jubileo Altagraciano por conmemorarse los cien años de su coronación canónica como protectora del pueblo dominicano) donde un anciano misterioso, al oír su relato, desenrolló la pintura y se la obsequió. Al llegar a casa, la niña se emocionó confirmando que era la Virgen de su sueñó. La familia colocó la imagen en su oratorio, pero al día siguiente desapareció milagrosamente, reapareciendo en un naranjo cercano. Este prodigio se repitió varias veces, interpretado como una señal divina de que la Virgen deseaba ser venerada en ese sitio. Allí se construyó el primer santuario en Higüey. (Parroquia San Dionisio)

La difusión de esta devoción fue impulsada por los milagros atribuidos a la mediación de la Virgen, que fortalecieron la fe de los pobladores. Uno de los más emblemáticos ocurrió en 1691, durante la Batalla de La Limonade, donde militares dominicanos, en desventaja numérica frente a las fuerzas francesas, invocaron su protección y obtuvieron una victoria inesperada. Desde entonces, el fervor se extendió rápidamente.

La devoción se institucionalizó estableciéndose el 21 de enero como fiesta religiosa. En 1922, durante el pontificado de Pío XI, la imagen fue coronada canónicamente, y en 1927, el Congreso dominicano la proclamó fiesta nacional no laborable.

El papa San Juan Pablo II, en su primera visita a Santo Domingo en 1979, la coronó nuevamente con una tiara de oro y plata, consolidando su rol como "Reina y Protectora de los Corazones Dominicanos".

Hoy, la devoción se ha extendido con la diáspora dominicana, en importantes ciudades del mundo entre las que se destaca Nueva York.

Un importante dato del gran fervor Altagraciano es que la Basílica Catedral Nuestra Señora de la Altagracia en Higüey, inaugurada en 1971, recibe anualmente a más de 800,000 peregrinos, convirtiéndose en un epicentro de fe.

Su imagen es un icono teológico, ya que representa la escena de la Natividad, con María como figura central, inclinada tiernamente en actitud contemplativa y de devoción hacia el Niño Jesús en el pesebre, mientras San José observa protectoramente desde el fondo.

Fijémosnos en el manto real, color azul celeste en su condición de Reina, con las estrellas del cielo estampadas, y además las doce estrellas que coronan su cabeza que representan las tribus de Israel y los doce apostoles, el blanco central reflejando su pureza y el rojo la sangre salvífica de Cristo.

El Niño Jesús, desnudo y dormido, encarna la vulnerabilidad humana pero también la promesa de resurrección. San José, en penumbras, representa la protección paternal y la humildad silenciosa, sin robar protagonismo a María y Jesús. En conjunto, la imagen enseña sobre la Encarnación, la redención y la intercesión mariana, invitando a los devotos a contemplar la "Alta Gracia" de Dios manifestada en María, madre e intercesora que nos guía hacia su Hijo.

Sin lugar a dudas la devoción a la Virgen de la Altagracia es el alma misma del pueblo dominicano, un lazo inquebrantable que une tradición, cultura y espiritualidad. En un país marcado por huracanes, terremotos y desafíos históricos, Ella es la Reina, Madre y Protectora de todos los dominicanos y la nación. Cada 21 de enero, Higüey se transforma en un mar de peregrinos.

Esta devoción no es superficial; es un pilar de identidad nacional. En tiempos de crisis, como la pandemia reciente o las luchas por la independencia, los dominicanos acudimos a Ella:
Oh Virgen de la Altagracia, Madre tierna y Protectora del pueblo dominicano, te consagro y te entrego nueva vez mi vida, mi familia y mi nación.Te agradecemos de corazón por las innumerables gracias que has derramado sobre nosotros. Gracias por tu intercesión en batallas y tormentas, por sanar enfermos y consolar afligidos, por unirnos en fe y esperanza. Bajo tu manto estrellado, has cubierto nuestra nación con amor maternal, guiándonos hacia tu Hijo Jesús. Que tu Alta Gracia siga iluminando nuestros caminos. Amén.

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