Lo del chofer de Santiago fue una ejecución en medio del caos dominicano. Una turba persiguiendo a un hombre hasta alcanzarlo para matarlo no es un accidente, no es un exceso ni es una discusión que se salió de control. Es barbarie. Es salvajismo. Es la demostración más brutal de que en este país la calle se ha convertido en un territorio donde la vida vale cada vez menos y donde cualquier roce puede terminar en una sentencia dictada por la rabia de una pandilla improvisada.
Aquí manejar se ha vuelto una ruleta con la muerte. Uno sale sin saber si regresará a su casa o si terminará atrapado en la locura de un motorista que se va en rojo, que se mete en vía contraria, que se sube en la acera o que decide que la calle le pertenece. Pero ya ni siquiera se trata solo del irrespeto permanente. Se trata de algo peor. De una violencia que se organiza en segundos, que se multiplica en grupo y que actúa con la ferocidad de una manada.
Y frente a eso, el país entero falla. Falla la autoridad que no pone orden. Falla el sistema que no impone consecuencias capaces de sembrar miedo en el delincuente vial. Falla una sociedad que se acostumbra a comentar un día, a lamentar dos, y a olvidar al tercero. Aquí la anarquía no solo se tolera. Aquí la anarquía gobierna.
Por eso lo de Santiago no debería conmovernos solo por la crueldad del caso. Debería aterrarnos por lo que revela. Revela que nadie está seguro. Revela que la calle dominicana ha sido entregada al abuso. Y revela, sobre todo, que mientras no haya una reacción real y contundente, seguiremos viviendo en una sociedad donde la civilización es apenas una fachada y la selva es la norma.





















































