Muy pronto, el presidente Abinader tendrá que tomar una decisión de extrema importancia. Qué hará con el Ministerio de Defensa.
¿Debe dejar al actual ministro o escoger a alguien más? Y si decide escoger a alguien más, ¿esa persona tendrá la lealtad política e institucional claramente alineada con su autoridad? ¿Puede permitirse colocar en un cargo tan sensible a una figura con inclinaciones políticas propias, compromisos externos o cercanía con otros sectores de poder?
Porque en Defensa la lealtad no es un lujo ni una cortesía institucional. Es una condición de mando. Un ministro con inclinaciones políticas no necesariamente conspira con fusiles. Eso quedó en 1963. Hoy se conspira de forma más elegante, no acatando decisiones, enfriando órdenes, administrando silencios, acomodando intereses y usando el cargo como plataforma para otros sectores.
Ese es el verdadero riesgo. No un golpe, no una aventura militar, sino algo más sutil y peligroso. Un ministro que aprenda a sobrevivir al presidente. Que juegue a la política desde el uniforme. Que no se queme con nadie, que mida cada paso pensando en el poder que viene y que, si calcula bien, termine repitiendo dos años más en el próximo gobierno, aunque ese poder no le responda al actual mandatario.
En Defensa no puede haber doble comando. O el ministro responde plenamente al Presidente, o el Presidente corre el riesgo de compartir autoridad con fuerzas e intereses que no eligió. En un cargo así, la confianza no puede ser parcial. Tiene que ser absoluta.





















































