Hay momentos en que un país recuerda por qué vale la pena creer en él.
Ver a nuestros atletas competir, ganar medallas y levantar la bandera dominicana es uno de ellos. Porque detrás de cada triunfo hay una historia que pocas veces llega al podio. Años de sacrificio, disciplina, carencias, derrotas y una voluntad que decidió no rendirse.
Y cuando uno de los nuestros gana, sentimos que ganamos todos. Quizás porque ser dominicano también consiste en eso. En discutir el país todos los días y defenderlo cuando estamos fuera. En señalar lo que hacemos mal y emocionarnos profundamente cuando uno de los nuestros hace algo bien.
Tenemos demasiadas cosas por corregir. Sería absurdo negarlo. Pero un país no se ama porque sea perfecto. Se ama porque es suyo. Esta tierra, con todas sus contradicciones, es la nuestra. Nuestra gente, nuestras costumbres, nuestro desorden, nuestra alegría, nuestras heridas y también nuestras victorias.
Esta es nuestra esquina del mundo. Por eso, viendo nuestra bandera subir una vez más, resulta imposible no pensarlo. Si pudiéramos escoger dónde volver a nacer, escogeríamos aquí. Con sus fallos y con sus virtudes. Si nos dieran un millón de vidas, un millón de veces quisiéramos nacer dominicanos.





















































