El pensador dominicano Antonio Villar, en uno de sus artículos titulado “El árbol torcido del liderazgo”, plantea lo siguiente: «No es casual que El príncipe de Maquiavelo se haya convertido en libro de cabecera de muchos líderes, ni que textos como Las 48 leyes del poder describan estrategias basadas en la desconfianza, la manipulación y la dependencia. Este es el verdadero árbol torcido del liderazgo y la responsabilidad social». El planteamiento genera una fuerte pregunta para todos los que nos hacemos llamar hombres de buena voluntad: ¿cuáles son los modelos de liderazgo que rigen nuestras vidas en los ambientes en los que nos ha tocado vivir? En la Biblia, en la historia de la Iglesia, poseemos muchos modelos que nos pueden servir como ejemplo, partiendo desde Moisés hasta Jesús y sus apóstoles; la manera en que gestionan o solventan muchas de las adversidades o retos es totalmente diferente a los niveles de individualismo que permean las distintas capas sociales en las que pululamos.
Los campos de batalla se expanden a espacios laborales, antagónicos y competitivos, en los que, como plantea don Antonio, priman la desconfianza, el cargo o el título por encima de los valores, bajo el manto de una suma de tretas y artimañas que convierten en tablero de ajedrez espacios tan pequeños como los de una oficina.
Los conflictos forman parte de nuestro día a día; no podemos rehuirlos siempre, hay que enfrentarlos, pero la manera en que se nos enseña a hacerles frente es como si se nos enseñara la ley del más tigre: vigilar, acechar, atacar y, posteriormente, comer. ¿Un liderazgo capaz de sacrificarse por otros? ¿De dar ejemplo lavándoles los pies a sus compañeros o de proponer una pirámide invertida donde el primero debe ser el servidor de los otros? Todas esas características son contraproducentes en el marco de un sistema donde la competencia es ley. En lo personal, admiro mucho a líderes como Jesús o Pablo, pero también a personas como San Juan Bosco, San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán, San Ignacio de Loyola o, más reciente, Dorothy Day: liderazgos que han sembrado un legado que, en el caso de San Juan Bosco, San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán y San Ignacio de Loyola, parece perpetuarse con cada sacerdote o fraile. En fin, un liderazgo que transgrede con la visión puesta en lo trascendente, y no en lo inmanente.
El Salmo 1:3 reza: “Es como árbol plantado junto al río que da fruto a su tiempo y tiene su follaje siempre verde. Todo lo que él hace le resulta”; aprender a dar frutos, a donarse por el bienestar, a vencer el mal con el bien… Eso sí es ser líder.





















































