Existe un error frecuente al analizar la República Dominicana. Se intenta explicar todo desde las instituciones cuando muchas veces la respuesta está en la cultura. Aquí los hechos no solo se entienden leyendo leyes, estadísticas, noticias o comunicados. Se entienden comprendiendo la idiosincrasia del dominicano.
Por eso hay quienes se sorprenden cuando un crimen de alto impacto ocurre y, en cuestión de horas, la Policía ya tiene un nombre, una dirección o hasta al responsable detenido. Entonces aparecen teorías sobre tecnología, inteligencia o investigaciones extraordinarias. Pero pocas veces se habla del verdadero activo de este país. Su gente.
La República Dominicana es un país donde miles de personas pasan parte del día en una esquina, en una marquesina o frente a un colmado. Observan. Escuchan. Comentan. Saben quién llegó, quién se fue, quién cambió de vehículo, quién anda con quién y quién hizo algo fuera de lo normal. Lo que muchos llaman chisme es, en la práctica, una inmensa red de información distribuida.
Aquí existe una cultura natural de caliesaje. No porque el dominicano haya sido entrenado para eso, sino porque su forma de vivir hace que casi nada pase completamente desapercibido. Hay más ojos en un barrio que muchas cámaras de vigilancia.
Por eso Félix Mejía escribió en Vía Crucis de un Pueblo que "Nadie se atreve hablar aun en los parajes más remotos y solitarios, porque parece que el contacto con la tierra establece una corriente que va directamente a los oídos del General".
Hay países que se explican desde sus instituciones. La República Dominicana, muchas veces, primero hay que explicarla desde su gente.





















































