¿Es un signo de decadencia que los miembros de una nación no respeten sus símbolos patrios? Fue la pregunta que me hice al escuchar la nota de voz de una ciudadana preocupada que, indignada, se preguntaba: «¿Es que ya nadie se detiene al escuchar el Himno Nacional?». Confieso que yo también he sido testigo de cómo los «hombres hormiga» no detienen su paso apresurado ante el más noble de los cantos, y mucho menos ante el acto a la bandera.
¿Civismo? Ya salieron de la escuela; para ellos, esa fue una etapa donde los profesores «jodían con eso» y ahí quedó. El reverendo padre Aníbal E. Fosbery, O.P., en su libro La identidad nacional, define patria de la siguiente manera:
«La Patria es la realidad primera, anterior a la Nación y, consecuentemente, anterior al Estado. Es, ante todo, objeto de fidelidad y amor mediante una simple extensión del instinto, ligado al sentimiento familiar. El afecto que se siente hacia ella impele a preocuparnos por conservar su patrimonio, transmitir su herencia y, eventualmente, defenderla».
En el argot popular dominicano se habla mucho de «hacer patria»; es decir, actos de filiación que se mantienen en el tiempo y que laten a diario en nuestra sociedad. Ese simple gesto de detenerme ante las notas del sublime Himno Nacional pone en evidencia cómo un símbolo patrio opera en la persona que ostenta la nacionalidad que la distingue de otras.
En esa misma línea, nos dice el padre Fosbery: «La Nación, por su parte, es la Patria jurídica e institucionalmente organizada, que tiene un destino histórico. Por eso, mientras que, a la Patria, tomada como realidad histórica, principalmente se la conserva, a la Nación se la construye, se la emprende».
¿Se puede construir una nación si no se ama la patria? Si uno revisa la historia previa a las gestas independentistas, la parte oriental de la isla no reunía las tres condiciones que establece Dominique-Georges Pradt para alcanzar su emancipación: aumento de población, aumento de riqueza y aumento de educación[1]. No cumplíamos con ninguna de las tres y, sin embargo, henos aquí: una nación que sigue el camino del crecimiento y el fortalecimiento.
Quienes somos padres cargamos con la sagrada encomienda de sembrar en nuestros hijos ese amor que ha sido capaz de traernos hasta aquí como nación libre y soberana; una que no es perfecta, pero que, a diferencia de otros países, respira vientos de progreso y libertad.
[1] Pérez Memén, F. (2022). La idea de la Independencia.
Clío, 91(203), 11-22.
Juan A. Pascual
Es un profesional, columnista y escritor apasionado por la cultura, los temas existenciales, la teología, filosofía y la literatura, especialmente el cuento y la narrativa. Se considera un aspirante constante en el ocio de pulir las palabras, reflexionar y escribir. Actualmente colabora en La Revista Palanca.





















































