El Gobierno convoca, conversa, se reúne, posa para la foto y llama a todos los sectores, mientras la crisis avanza más rápido que las decisiones. El diálogo es necesario, pero cuando se usa para aplazar lo inevitable, deja de ser una herramienta de Estado y se convierte en una excusa política.
El país no puede vivir atrapado en una mesa permanente. La gente no compra comida con comunicados, no llena el tanque con reuniones y no paga la luz con discursos. Si la crisis internacional ya amenaza los precios, los combustibles y el costo de la vida, entonces el Gobierno tiene que mostrar ejecución, no solo conversación.
¿Qué es lo que tanto hay que hablar? Reduzcan la publicidad estatal por mitad. Reduzcan por mitad los fondos entregados a los partidos políticos. Revisen los subsidios a los grandes empresarios. Eliminen el barrilito y las exoneraciones a los congresistas. Prohíban los vuelos innecesarios en helicóptero. Congelen privilegios. Recorten el gasto que solo sirve para sostener apariencias. Que el país vea que el sacrificio empieza en el poder y no en la fila del supermercado.
Porque cuando la ciudadanía siente que el Gobierno habla mucho y actúa poco, la paciencia se convierte en rabia. Y cuando la rabia se instala, ya no bastan las explicaciones técnicas ni las reuniones con sectores.
Gobernar es decidir. Gobernar es asumir costos. Gobernar es ejecutar antes de que la desesperación llegue a la calle. En una crisis, el tiempo también gobierna. Y si el poder no lo usa para actuar, la realidad lo usará para cobrarle.





















































