Hay que perderle el miedo a decirlo con toda su crudeza. Aquí no hay matices posibles. El narcotráfico es el uniforme del mal. Es una decisión consciente de servirle al Diablo, de enriquecerse con la destrucción ajena, de levantar fortuna sobre hogares rotos, muchachos perdidos y comunidades azotadas por la violencia.
En la vida hay dos caminos. El del bien, que casi siempre cuesta más. Y el del mal, que promete dinero rápido, poder barato y respeto comprado. El que escoge traficar narcóticos sabe exactamente lo que está haciendo. Sabe que ese dinero no cae del cielo, sale de la desgracia de otros. Sale del vicio, del miedo, de la sangre y de la corrupción. Por eso no merece indulgencia, ni romanticismo, ni admiración disfrazada de cultura popular.
El narco también descompone la competencia de toda la sociedad. En el amor aparece con lujos que no puede producir un hombre honesto. En la política compra escaños, accesos y protección. En la empresa desplaza al que trabaja limpio con capital sucio y sin reglas. Así va pudriendo el tejido entero del país, hasta que el decente termina compitiendo en desventaja frente al criminal.
Por eso hay que aplaudir con fuerza toda acción real contra ese mundo. Y sí, hay que reconocer las medidas que Estados Unidos ha venido ejecutando en casos de narcotráfico vinculados al país. Porque al crimen no se le combate con discursos tibios ni con simulaciones.
Que se los lleven a todos. A los capos, a los testaferros, a los lavadores, a los protectores, a los socios de corbata y a los que se creen intocables. A todos. Sin excepción. Sin pena. Porque al narco no se le puede tener miedo ni paciencia. Al narco hay que enfrentarlo.




















































