No tenemos suerte con la Cámara de Cuentas. La pasada gestión terminó convertida en sinónimo de escándalo, torpeza y descrédito. Y esta nueva, que apenas comienza, ya amenaza con recorrer el mismo camino.
En un país donde se le pide sacrificio a la gente, donde se habla de austeridad, prudencia y contención, resulta ofensivo que desde una institución llamada a vigilar el uso correcto de los recursos públicos se intente aprobar un aumento salarial de un 50 por ciento para sus propios miembros. No es solo una imprudencia. Es una "galleta en la cara"
¿Cómo pretende la Cámara de Cuentas auditar con autoridad a las demás instituciones si ni siquiera puede administrar con decencia su propia conducta? ¿Con qué credibilidad se presentan ante el país a exigir transparencia, control y responsabilidad, cuando actúan como si el cargo fuera un privilegio para servirse primero?
Y todavía hay algo peor. Si no fuera por el reportaje de Panorama, ese aumento quizá habría pasado en silencio, sin escándalo, sin explicaciones y sin consecuencias. Como si nada. Como si el país no estuviera mirando. Como si la indignación ciudadana fuera un detalle menor.
Eso retrata un problema más profundo. No es solo la tentación de subirse el sueldo. Es la cultura de impunidad, de desconexión y de descaro que sigue contaminando instituciones que deberían ser ejemplo.
La Cámara de Cuentas no puede arrancar convertida en otra decepción nacional. Porque cuando falla el órgano que debe vigilar a todos, lo que se desploma no es solo una institución. Es la confianza pública entera.





















































