El Gobierno necesita cambios. Después de seis años en una misma silla, hasta el funcionario más entusiasta comienza a confundirse con el mobiliario. Disminuye la iniciativa, desaparece la urgencia y el cargo deja de sentirse como una responsabilidad para convertirse en una propiedad. Quien no produce, no innova ni responde debe dejar el puesto. El Estado no puede pagar la comodidad de nadie.
Pero una cosa es sacudir la cabeza y otra decapitar las instituciones.
Cada nuevo incumbente llega acompañado de una peligrosa ansiedad por cancelar. Confunde autoridad con barrer escritorios y transformación con llenar la nómina de compañeros. Así, el Estado pierde técnicos que conocen los procesos para colocar personas cuyo único mérito es haber esperado su turno.
Antes de despedir a un empleado, revise su expediente, sus evaluaciones, su preparación y sus resultados. Si hace falta, siéntese frente a él y pregúntele qué hace. Que averigüen qué sabe antes de descubrir, demasiado tarde, cuánto hacía.
El Estado no puede recomenzar cada vez que cambia un funcionario. Necesita continuidad y servidores que sepan hacer su trabajo. Poco importa si ingresaron durante otra administración o si no pertenecen al grupo político que ahora ocupa el despacho.
Los compañeros merecen oportunidades, pero el Estado no puede pagarlas destruyendo su capacidad técnica. Que cambien los funcionarios que deben cambiar. Que salgan quienes no rinden. Pero el técnico competente, que se quede.





















































