En un país con tantas razones para investigar, denunciar, fiscalizar y señalar, los medios no deberíamos permitir que nuestra energía se consuma en enfrentamientos entre nosotros. No porque debamos pensar igual. No porque el disenso sea indeseable. Las diferencias son naturales en un ecosistema vivo. Lo que no puede pasar es que terminemos desplazando el foco de lo esencial.
Cada vez que la conversación pública se desvía hacia pleitos entre medios, el debate se empobrece. Se reduce. Se vuelve más pequeño de lo que el país necesita. La atención que debería estar puesta sobre los abusos, las omisiones, los privilegios, la impunidad y los temas que reclaman vigilancia termina atrapada en una dinámica que nos encierra en nosotros mismos.
Y ese nunca debería ser nuestro papel.
Los medios están llamados a algo más alto. A incomodar cuando haga falta. A empujar preguntas donde otros quieren silencio. A señalar donde haya que señalar. A denunciar lo que está mal y a fiscalizar el poder con sentido de responsabilidad. Esa obligación con el país debería pesar más que cualquier diferencia de enfoque, estilo o línea editorial.
Hoy más que nunca, el país necesita medios conscientes de su deber. Medios que entiendan que hay demasiadas cosas ocurriendo allá afuera como para desperdiciar capacidad, atención y voz en lo que no debe ocupar el centro. Porque lo verdaderamente urgente sigue estando fuera de nosotros.





















































