A veces uno pensaría que vive en el país de las maravillas. Un lugar donde todo puede ser verdad y mentira al mismo tiempo.
Aquí se predica austeridad mientras el funcionario aterriza en helicóptero. Se defiende la patria en los micrófonos, pero se contrata mano de obra haitiana en la finca. Se condena al partido de la estrella en público, pero se le guarda una silla para el 2028. Se baila pegado con Estados Unidos, pero se le guiña el ojo a su adversario cuando conviene. Se crítica al político corrupto, pero volvemos a verlo como opción.
El poder dominicano ha perfeccionado el arte de acariciar con una mano y dar la galleta con la otra. Quizás porque olvidamos rápido. O quizás porque ya nos acostumbramos a que el boleto ganador dentro de la barra de chocolate siempre se lo gane la misma gente.
Y así, una encuesta puede decir que la percepción económica baja, pero la aprobación política se mantiene alta. Como si el bolsillo y la simpatía vivieran en países distintos. Como si la realidad doliera, pero la narrativa anestesiara.
Nos quieren montar en la alfombra mágica, pero ni Arcadas existe ni la alfombra vuela. Lo que existe es un país donde la contradicción dejó de dar vergüenza y empezó a dar resultados.





















































