"Apuesten al talento. Esquiven a los francotiradores de la envidia. A los que, conscientes de su fragilidad, sienten temor por el talento ajeno. Porque al final de la jornada, no importa segmento social, origen, condición, lo que brilla con luz propia, nadie lo puede apagar".
Con esas palabras Guido Gómez Mazara cerró su discurso. Era un consejo para los jóvenes. O al menos eso entendimos todos. Aunque, como suele ocurrir en política, las frases tienen la extraña costumbre de encontrar destinatarios que nunca fueron mencionados.
Quizás somos nosotros los equivocados. Quizás vemos señales donde solo había una reflexión de vida. Pero resulta peculiar que, justamente cuando un nombre empieza a sonar para nuevas responsabilidades, aparezcan también los francotiradores. No los que disparan de frente, sino los que se esconden detrás del rumor, del comentario malicioso, de la intriga cuidadosamente sembrada.
Una vieja tradición. La herencia del viejo partido. De esas mañas que debieron quedarse en el pasado. Las zancadillas entre compañeros, el rumor como arma política y la falsa solidaridad que aplaude en público mientras conspira en privado. La extraña costumbre de sentir más preocupación por el ascenso de un compañero que por la fortaleza del proyecto común. Como si el talento ajeno fuera una amenaza y no un activo.
Por eso aquella frase sobre los francotiradores de la envidia hizo tanto ruido. No porque señalara a alguien, sino porque describía una conducta demasiado conocida.





















































