Quien haya visto la película viral Obsesión habrá notado una simbología sencilla, pero poderosa. Bear se convierte en el villano cuando rompe un “One Wish Willow” y pide que Nikki lo ame más que a nadie en el mundo. No porque desear amor sea malo, sino porque al hacerlo le arrebata a ella la libertad de elegir. La condena a una obsesión artificial, intensa y descontrolada.
Lo más inquietante es que Bear lo entiende. Ve cómo ese amor deja de ser sano, cómo se convierte en dependencia, cómo deja de ser auténtico. Sin embargo, insiste. Lo acepta. Lo alimenta. Porque nunca fue sobre Nikki. Fue sobre él. Sobre su necesidad de sentirse amado por ella, aunque ese amor fuera falso.
La política dominicana tiene sus propios Bear. Existen aspirantes que sueñan con la Presidencia, algo legítimo en democracia. El problema aparece cuando la ciudadanía no responde, cuando no logran convencer ni entusiasmar, cuando no generan adhesión natural y, aun así, intentan forzar la jugada. Quieren imponerse donde no existe conexión. Buscan ocupar un espacio que el electorado no les ha concedido.
Como Bear, confunden deseo con derecho. Creen que querer la silla es suficiente para merecerla. Y cuando el respaldo no llega, en lugar de preguntarse por qué, buscan mecanismos para fabricar una popularidad que no existe.
La gran lección de Obsesión es que el amor impuesto no es amor. Y la gran lección de la política es que el liderazgo impuesto tampoco es liderazgo. Porque en política, como en Obsesión, el problema no es desear ser amado. El problema es no aceptar cuando nadie te ama de vuelta.





















































