La historia demuestra que los países no mejoran cuando la ciudadanía guarda silencio. Mejoran cuando la gente decide involucrarse, reclamar, cuestionar y exigir. Ayer, la Plaza de la Bandera fue precisamente eso. Un recordatorio de que la democracia no pertenece a quienes ocupan temporalmente el poder, sino a quienes les entregaron ese poder.
Toda sociedad necesita ciudadanos que incomoden cuando entienden que algo no marcha bien. Porque el conformismo jamás ha corregido una injusticia ni ha cambiado una mala decisión. Las causas que nacen de la convicción y se defienden de manera pacífica merecen ser escuchadas, aunque resulten incómodas para quienes gobiernan.
Desde El Testigo respaldamos al Piro, respaldamos a Ripoll, respaldamos a Somos Pueblo y respaldamos a cada dominicano que decidió hacerse presente para defender una causa que considera justa. No defendemos una protesta por simpatía política. Defendemos un principio. Que la voz del ciudadano siga teniendo el peso suficiente para influir en el rumbo del país.
Las decisiones públicas no pueden vivir aisladas del sentimiento de la sociedad. Cuando una plaza habla con respeto, ignorarla es un error. La democracia no se fortalece cuando el poder solo escucha aplausos. Se fortalece cuando también tiene la madurez de escuchar el descontento.





















































