Las redes sociales son un arma de doble filo. Y para el delincuente vanidoso, casi siempre terminan cortando hacia su propio lado.
Los pandilleros haitianos exhiben arsenales, vehículos, viviendas, fiestas, compañeros y movimientos como si la violencia necesitara publicidad. Pretenden sembrar miedo, pero terminan dejando un expediente abierto para cualquiera que sepa observar.
Una fachada, una montaña al fondo, el reflejo de una ventana, una matrícula, una piscina o una transmisión repetida desde el mismo lugar pueden revelar dónde viven, dónde duermen, cómo operan y quiénes los acompañan. No hace falta infiltrarse cuando ellos mismos convierten sus redes en cámaras de vigilancia contra sí mismos.
República Dominicana debe aprovechar esa imprudencia. Toda estructura que represente una amenaza para nuestra seguridad merece una vigilancia digital constante, legal y no intrusiva. Si publican sus movimientos voluntariamente, corresponde observarlos, documentarlos y anticipar cualquier riesgo.
La lección también sirve para la gente honrada. Las redes pueden exponer rutinas, hogares, familiares y trabajos dignos. No todo debe publicarse. La privacidad continúa siendo una forma de protección.
Pero a los delincuentes no hay que interrumpirlos. Que sigan mostrando las armas, las casas, los asociados y hasta cuándo van al baño. Mientras creen que presumen poder, están entregando las piezas necesarias para encontrarlos.





















































