La soledad del poder no es la que llega cuando termina un mandato ni cuando se derogan los decretos. Esa es la soledad del cargo. La verdadera soledad del poder aparece mucho antes. Comienza cuando el funcionario deja de escuchar la verdad.
No ocurre de un día para otro. Se construye lentamente. Un colaborador decide callar para evitar un disgusto. Otro suaviza un informe para no incomodar. Un tercero aplaude una mala decisión porque entiende que discrepar tiene consecuencias. Así, sin darse cuenta, el poder levanta un muro entre quien gobierna y la realidad.
La mayor tragedia es que el propio funcionario termina siendo parte del problema. Se acostumbra tanto a escuchar solo aquello que confirma sus ideas que pierde la capacidad de reconocer una verdad incómoda. Cuando alguien finalmente se atreve a hablar con honestidad, no lo escucha. Se irrita. Sospecha. Castiga al mensajero.
Ese enojo produce un efecto devastador. Enseña a todos los demás que decir la verdad cuesta caro. Entonces nadie vuelve a decirla. No porque no exista, sino porque deja de ser conveniente.
Es ahí cuando el hombre con más informes, más asesores y más acceso a información se convierte en el más desinformado. No por falta de datos, sino porque el miedo terminó editando la realidad antes de que llegara a su escritorio.
Todo gobernante y funcionario debería temer una sola cosa. El día en que nadie a su alrededor tenga el valor de decirle que está equivocado.





















































