Las sentencias del caso Coral dejan mucho más que condenas. También ofrecen una radiografía incómoda para el aparato de defensa dominicano.
Los generales y coroneles condenados no llegaron al mando por accidente. Antes fueron subalternos. Fueron segundos tenientes, capitanes, mayores y tenientes coroneles. Recorrieron un sistema complejo donde muchos se quedan en el camino y donde no todos logran ascender. Algunos son escupidos del sistema en diferentes etapas de su carrera. Otros nunca alcanzan posiciones de influencia.
Ahí está el verdadero punto de análisis. Estas personas demostraron durante años la capacidad de navegar un sistema difícil, manejar lealtades, ganar confianza y escalar hasta los niveles más altos del mando. Supieron preservar sus carreras cuando no tenían poder. Sin embargo, cuando finalmente recibieron el mando que tanto buscaron, terminaron utilizándolo para traicionar el uniforme que representaban.
El uniforme no es una prenda que se recibe con un ascenso. Es una decisión diaria. Se lleva siendo raso, sargento, capitán, teniente coronel o general. Cada mañana el militar decide cuál uniforme ponerse, el de la ley y el servicio o el del abuso y el beneficio personal.
De nada vale sobrevivir durante décadas dentro de un sistema tan complicado para terminar cumpliendo condenas de veinte o quince años cuando se alcanza la cima. El verdadero examen de una carrera militar no ocurre cuando se recibe el mando. Ocurre cuando se decide qué hacer con él.





















































