Se acerca otra prueba maestra para este gobierno. No solo por la crisis económica, ni por el alza del petróleo, ni por el desgaste de una administración que ya no puede esconder sus grietas. La verdadera prueba será ver si, cuando el país más exige explicaciones, los funcionarios volverán a hacer lo que ha pasado muchas veces, esconderse y mirar hacia otro lado.
Porque aquí se ha instalado una cultura de “palomería” política demasiado cómoda. Para ocupar cargos siempre aparecen muchos. Para salir a defender decisiones difíciles aparecen muy pocos. Abundan los funcionarios que disfrutan la oficina, el privilegio y la influencia, pero se vuelven invisibles cuando toca ir a los medios, dar la cara y asumir el costo de lo que el gobierno decide. Son valientes para mandar y mudos para responder.
Y eso también es una forma de debilidad. Un gobierno no se desgasta solo por la oposición o por las crisis externas. También se desgasta por el silencio de los suyos. Por la ausencia de quienes deberían explicar, sostener y defender públicamente las medidas que afectan a la gente. Cuando el poder solo sirve para la comodidad, pero no para la exposición, lo que queda no es liderazgo. Es una estampida de funcionarios debajo de la mesa.
La pregunta es brutalmente simple. ¿Quién va a dar la cara? ¿Quién va a defender lo que se decide? ¿Quién va a asumir el costo político de gobernar? Porque si los que salen son unos pocos, mientras la mayoría se esconde detrás del escritorio, entonces el problema no es solo de comunicación. Es de carácter. Es de “palomería”.





















































