El domingo publicamos que, tres décadas después del crimen que estremeció al país, Mario José Redondo Llenas recuperaría hoy su libertad. Y llegaron los comentarios. Que ya cumplió. Que pagó su condena legal y terrenal. Que insistir en el tema es hostigarlo.
Pero que haya cumplido una condena no significa que el país tenga que apagar la memoria.
La ley puede abrir una puerta. Lo que no puede es ordenar silencio a una sociedad que todavía recuerda dónde estaba cuando supo que José Rafael Llenas Aybar, un niño de 12 años, salió confiado con su primo y terminó asesinado con 34 puñaladas, atado, envuelto en cinta adhesiva y abandonado en un arroyo.
En 1996, ese crimen rompió algo en el país. Metió miedo en las casas. Cambió conversaciones de padres e hijos. Nos obligó a mirar con sospecha incluso lo cercano, lo familiar, lo que antes parecía seguro. Los niños escucharon una historia que ningún niño debió escuchar jamás.
Sí, Redondo Llenas cumplió su condena. Eso pertenece al orden de la ley. Pero José Rafael no cumplió 13 años. No volvió a su casa. No tuvo adolescencia. No tuvo futuro. Su familia no recuperó lo perdido cuando se cumplió una sentencia.
Por eso recordar no es venganza. Recordar no es hostigar. Recordar es impedir que la víctima sea enterrada dos veces, primero por la violencia y luego por el olvido. Hay heridas que ningún portón de cárcel puede cerrar.





















































