Mientras el país aún no supera otro apagón nacional, mientras hospitales activan plantas de emergencia y pequeños negocios pierden mercancía, se anuncia con entusiasmo el “Proyecto Hostos”: un cable submarino que conectaría la República Dominicana con Puerto Rico para exportar energía en 2031.
La pregunta no es técnica. Es lógica.
¿Cómo hace sentido vender electricidad cuando no garantizamos suministro estable en casa? Tenemos fallas en generación, una red de transmisión frágil y un sistema de distribución que colapsa con demasiada frecuencia. Antes de pensar en exportar, el Estado debe explicar cómo asegurará primero la estabilidad interna.
Es cierto: 2031 no es mañana. Tal vez la apuesta sea que en seis años el sistema eléctrico dominicano será robusto, moderno y excedentario. Ojalá. Pero hoy la realidad es otra: apagones recurrentes, pérdidas técnicas elevadas y una ciudadanía que paga una de las facturas más altas del Caribe por un servicio inestable.
La integración energética regional puede ser estratégica. Puede atraer inversión, modernizar infraestructura y posicionar al país como hub eléctrico. Pero esa visión solo tiene sentido si parte de una premisa básica: primero garantizar energía continua y confiable a los dominicanos.
De lo contrario, el mensaje es contradictorio: proyectamos solvencia hacia afuera mientras administramos precariedad hacia adentro.
La interconexión no puede ser un símbolo político. Debe ser la consecuencia de haber resuelto lo esencial. Porque un país que no ilumina sus propios hogares difícilmente puede presumir de iluminar a otros.




















































