Aunque usted no lo crea, la clave del 2028 podría estar en manos del PLD. Sí, del PLD que muchos enterraron antes de tiempo. Del PLD que perdió el poder, se partió en dos y todavía camina con las heridas abiertas de su propia historia. Pero la política tiene una regla cruel. A veces no gana quien más brilla, sino quien termina siendo necesario.
Si Gonzalo Castillo vuelve a ser el candidato, podrán burlarse, podrán minimizarlo, podrán decir que no emociona. Pero hay un dato que no se puede ignorar. Gonzalo ya fue presentado al país. Ya fue vendido, defendido, atacado y conocido. En 2020, con un PLD desgastado hasta los huesos, logró una votación que cualquier partido en crisis quisiera conservar. Esa inversión política ya está hecha.
Y ahí empieza el verdadero juego. Un PRM cargando el desgaste del poder. Una Fuerza del Pueblo creciendo, pero sin garantía de mayoría absoluta. Y un PLD golpeado, sí, pero todavía con estructura, territorio, memoria de gobierno y hambre de supervivencia. Esa mezcla puede forzar una segunda vuelta. Y en segunda vuelta, el tercer lugar deja de ser perdedor para convertirse en árbitro.
El PLD podría decidir hacia dónde se inclina el país. Podría abrazar a Leonel y reconstruir el viejo árbol dividido. Pero también podría mirar hacia el PRM, sobre todo si David Collado encabeza la boleta. Porque en política los discursos separan, pero los intereses acercan. Y hay sectores económicos que conocen demasiado bien los dos mundos.
Ahí se cumpliría la vieja advertencia de Danilo. En una batalla entre PLD y Fuerza del Pueblo, uno podría terminar absorbiendo al otro. Por eso el 2028 no será solo una elección presidencial. Será una pelea por quién sobrevive como verdadero heredero del poder morado. El PLD quizás no tenga hoy la corona. Pero podría tener algo más peligroso. La llave.





















































