Vivimos en un mundo de intereses. Todo termina reducido a esa palabra.
¿Por qué una potencia negocia hoy con quien condenaba ayer? Intereses. ¿Por qué un aliado guarda silencio ante aquello que antes denunciaba? Intereses. ¿Por qué algunos defienden una causa hasta que comienza a perjudicarlos? Intereses.
La política, los negocios, las alianzas y hasta ciertas indignaciones públicas se mueven bajo esa lógica. Los discursos hablan de principios, pero las decisiones suelen obedecer a conveniencias. Se invoca la democracia cuando resulta útil, la soberanía cuando conviene y la moral cuando sirve para presionar al contrario.
Esto no significa que toda acción sea perversa ni que nadie actúe por convicción. Significa que detrás de cada movimiento existe algo que proteger, conquistar o conservar. Poder, dinero, influencia, seguridad, prestigio o supervivencia.
El problema no es que existan intereses. Siempre existirán. El verdadero peligro comienza cuando los intereses particulares se disfrazan de causas colectivas y pretenden presentarse como sacrificios por el bien común.
Por eso conviene observar menos lo que se dice y más quién gana con lo que ocurre. Allí suele aparecer la respuesta que los discursos intentan ocultar.
Intereses. Siempre intereses.





















































