Gonzalo Castillo se equivoca. Y también se equivoca el equipo que le aconsejó ausentarse del debate entre los precandidatos del Partido de la Liberación Dominicana. Gobernar desde la ventaja en las encuestas internas no es lo mismo que construir credibilidad frente al país.
Quizá la estrategia fue simple. Si las encuestas internas favorecen a Gonzalo y cuenta con la bendición tras bastidores de Danilo Medina, ¿para qué asumir el riesgo de un debate donde un error pueda opacar esa ventaja? Es una estrategia calculada. Puede tener lógica electoral. Pero es una mala estrategia para construir liderazgo.
La política dominicana ya tiene demasiados candidatos protegidos por el cálculo y muy pocos dispuestos a someterse al juicio de las ideas. Los debates existen para contrastar propuestas, medir preparación y permitir que la ciudadanía vea quién está listo para gobernar cuando nadie le escribe el libreto.
Paradójicamente, los tropiezos públicos de Gonzalo nunca fueron el final de su carrera. Fueron los momentos que más lo posicionaron en la conversación nacional. En este debate tenía la oportunidad de demostrar cuánto ha cambiado, cuánto aprendió y qué trae a la mesa en esta nueva etapa.
Las estrategias pueden servir para ganar unas primarias. Pero esconder a un candidato de un debate nunca será la mejor forma de convencer a un país de que está listo para gobernarlo.





















































