En el Estado hay quienes entran flacos y salen gordos, y hay quienes entran gordos y salen flacos. La diferencia no está en la dieta, sino en la forma de entender el poder.
Para algunos, el Estado no es una responsabilidad pública, sino una oportunidad privada. Llegan mirando cada obra, cada contrato, cada compra y cada proyecto con una sola pregunta en la cabeza. Cuánto queda. Cuánto se puede sacar. Cuánto se puede repartir.
Ese es el funcionario que no piensa en el ciudadano, sino en su patrimonio. El que convierte la necesidad de la gente en una caja registradora. El que entra con discurso de servicio y termina con fortuna inexplicable.
Pero también existen los otros. Los que entienden que el Estado no es una finca, ni una piñata, ni una empresa. Es una carga pública. Una prueba moral. Un lugar donde cada firma puede aliviar la vida de miles o condenarlos a seguir esperando.
Esos no firman compras raras. No se arrodillan ante el proveedor favorito. No convierten la obediencia en complicidad. Disienten, aunque incomode. Preguntan, aunque moleste. Frenan, aunque les cobren el atrevimiento.
A unos el Estado les engorda el cuerpo y les vacía la conciencia. Llegaron malnutridos de ética y terminaron hablando de carne Wagyu. A otros, el servicio público los desgasta, pero los honra. Porque el poder no transforma a nadie. Solo desnuda quién llegó a servir y quién llegó a servirse.





















































