Luis Abinader entra en la etapa más delicada de su gestión. Ya no es el presidente que llega con promesas ni el candidato que puede pedir más tiempo. Es un mandatario de salida, con apenas dos años para decidir cómo será recordado.
Nadie puede negar que este Gobierno no ha encontrado el rumbo en su segundo mandato. No lo inventamos nosotros. Tampoco es una narrativa de la oposición. Las encuestas están ahí y retratan un respaldo que pierde fuerza, una ciudadanía cada vez más impaciente y una administración que comienza a proyectar cansancio.
Las nuevas designaciones revelan que Abinader entiende la urgencia. Pero cambiar nombres no cambia una gestión si quienes llegan conservan las mismas excusas. El funcionario que asuma ahora no tendrá un año para aprender, organizar su despacho o culpar a quien estaba antes. Mucho menos podrá seguir responsabilizando al gobierno pasado. Desde el primer día tendrá que producir.
Todos, absolutamente todos, deben entrar en modo resultados. En esta etapa, cada retraso, cada obra inconclusa y cada promesa olvidada terminarán cargándose a la cuenta del presidente.
Abinader enfrenta el trabajo más difícil de quien ya se va. Acabar bien. Porque al final no se recuerda cómo comenzó un gobierno, sino cómo terminó. Estos dos años dirán si el Gobierno entendió la urgencia o si dejó que el tiempo se le escapara. ¿Podrán hacerlo?





















































