Editoriales

La Casa Jimenes: Motor económico del siglo XIX

La historia económica dominicana tiene en la Casa Jimenes uno de sus capítulos más notables. Fundada en 1860 en Montecristi por los hermanos Juan Isidro Jimenes Pereyra, Manuel Jimenes Ravelo e Isabel Emilia Jimenes Ravelo, hijos del expresidente Manuel Jimenes González, fue la primera empresa de capital dominicano en establecer oficinas en los grandes centros del capitalismo mundial: Nueva York, París, Londres, Hamburgo, Le Havre y Liverpool. En un país que apenas emergía de guerras civiles y ocupaciones, la Casa Jimenes demostró que los dominicanos podían integrarse al comercio global con visión moderna y audacia.

Desde su sede en Montecristi, la firma se convirtió en la principal exportadora de café, agave, campeche y maderas preciosas hacia Europa, simbolizando el surgimiento de una burguesía nacional. El escritor Juan Bosch, en Composición social dominicana, consideró a la Casa Jimenes el mejor ejemplo de ese empresariado criollo que, partiendo de una tienda rural, alcanzó proyección internacional. Allí señaló también que, al morir Ulises Heureaux, “la burguesía que había en el país era comercial y azucarera, y estaba compuesta en su totalidad por extranjeros, con la única excepción, hasta donde sepamos, de la Casa Jimenes”.

La expansión de la compañía transformó la Línea Noroeste y el Cibao en polos de prosperidad que atrajeron migrantes y consolidaron un incipiente centro mercantil, cambiando la vida económica, social y cultural de toda la región. En 1895, Isabel Emilia Jimenes mandó a construir una elegante residencia prefabricada traída de Francia, símbolo tangible de la prosperidad familiar. Ese mismo año, por gestiones de la empresa y de su contable venezolano Benigno Daniel Conde, se impulsó la instalación del reloj público de Montecristi, diseñado por el relojero francés Jean Paul Garnier y traído también desde Francia con apoyo de Rafael Rodríguez Camargo, funcionario de la Casa y esposo de Isabel Emilia. La Casa Jimenes, además, construyó el acueducto de la ciudad, financió el servicio telegráfico local y reparó el muelle en 1886, una obra heredada de la anexión española.


En el plano político, la Casa financió el regreso del prócer Máximo Gómez desde su exilio y su posterior proyecto agrícola en La Reforma, en 1888. Su participación en aquel episodio resume el carácter transnacional de la empresa, visible también en su estructura administrativa, que incluía a empleados como el inglés Mr. Morris, el cubano Calu Ares, los contables Julio Isidor y Teodoro Isaac Petit, el canario Joaquín Montesino y el general cubano Serafín Sánchez, encargado del manejo ferroviario. También trabajó allí Panchito Gómez Toro, hijo del Generalísimo Máximo Gómez, símbolo del vínculo entre el ideario independentista antillano y la red comercial.

El ascenso de la Casa Jimenes atrajo la atención de Ulises Heureaux (Lilís), quien, según algunas fuentes, exigía el 12 % de los ingresos netos de la empresa. En 1895 le otorgó una concesión de 99 años para construir un ferrocarril entre Montecristi y Guayubín, con posibilidad de extenderlo a Dajabón. El contrato, que incluía exenciones fiscales y control aduanero, consolidó una relación de mutua dependencia con el Estado, al que la empresa prestaba dinero desde sus inicios. Pero aquella alianza pronto se tornó en enfrentamiento. Según Bosch, Juan Isidro Jimenes habría advertido: “O construimos un ferrocarril o tumbamos a Lilís”. La frase llegó al dictador, que le debía tanto en lo personal como en lo estatal, y los Jimenes partieron al exilio en Francia. Desde allí, la firma apoyó en 1898 la expedición del vapor Fanita, cuyo fracaso táctico detonó la crisis política que culminó con el asesinato de Heureaux. Tras la muerte del dictador, los Jimenes regresaron al país, y Juan Isidro Jimenes alcanzó la presidencia de la República en dos ocasiones: primero entre 1899 y 1902, y luego entre 1914 y 1916.

A pesar del retorno familiar y del ascenso político, las deudas impagas del gobierno y la persecución de Lilís habían asfixiado a la empresa. El historiador Rafael Darío Herrera Rodríguez identifica tres causas de su declive: la caída de la industria maderera, los préstamos impagos al Estado y el choque con el dictador. En su declive, la compañía pasó a manos del acreedor alemán Nottebohm y, más tarde, de Franz Lembcke, casado con María Rosa Rodríguez Jimenes, nieta de los fundadores. Reorganizada tras la Primera Guerra Mundial, como La Comercial, operó en préstamos e importaciones hasta 1937, año de la muerte de Lembcke. En 1942, las propiedades fueron liquidadas, marcando el cierre definitivo de una era.

La Casa Jimenes ha sido objeto de diversos estudios que destacan su papel en la formación del capitalismo criollo, la presencia de capital dominicano en el extranjero y la dinámica fronteriza del siglo XIX. Investigadores como Rafael Darío Herrera Rodríguez (Montecristi: entre campeche y bananos) y María Cristina Fumagalli (On the Edge: Writing the Border Between Haiti and the Dominican Republic) la reivindican como ejemplo de una modernidad empresarial frustrada por la debilidad institucional del país. Su historia es, en última instancia, una parábola nacional: talento, visión y trabajo arrasados por la voracidad política. Hoy, sus cenizas —literales y simbólicas— interpelan a la República Dominicana sobre su memoria y su deuda con quienes soñaron un país próspero e independiente.

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