Los candidatos que se presentan como alternativa a la política tradicional han comenzado a librar una batalla curiosa. Antes de enfrentar a las estructuras que prometen superar, parecen empeñados en establecer quién posee la representación legítima del descontento.
La competencia no gira todavía alrededor de propuestas, organización o capacidad para gobernar. Se concentra en conquistar la hegemonía de un espacio electoral naciente, como si el título de principal outsider pudiera adjudicarse antes de conquistar a los ciudadanos.
En esa disputa hay una contradicción difícil de ignorar. Quienes critican el personalismo de los partidos reproducen, fuera de ellos, la misma inclinación por el liderazgo exclusivo. Cada proyecto se concibe como centro y contempla a los demás no como posibles aliados, sino como obstáculos.
Los partidos tradicionales no podrían recibir una ayuda más conveniente. Mientras las nuevas figuras compiten por encabezar la inconformidad, el voto que aspiran a representar se divide antes de adquirir verdadera fuerza.
Una alternativa no se construye proclamándose diferente, sino demostrando una cultura política distinta. Si los independientes convierten su aparición en una lucha de egos y primacías, quizá logren imponerse unos sobre otros. Lo que difícilmente conseguirán será imponerse sobre el sistema que dicen combatir.





















































