Los Mets viven una temporada decepcionante. Sin embargo, Juan Soto está haciendo su trabajo. En su segunda campaña tras un contrato superior a los 700 millones de dólares, lidera la Liga Nacional en OPS, batea cerca de .300 y se ha convertido en el principal motor ofensivo del equipo. El problema nunca ha sido la superestrella. El problema es que una superestrella no gana sola.
Ningún jugador, por extraordinario que sea, puede cargar con un equipo que no responde, que no ejecuta y que no sale al terreno con la misma determinación. El talento individual sirve de poco cuando alrededor predominan los errores, la falta de criterio y la ausencia de compromiso.
En la política y en la administración pública ocurre exactamente lo mismo. Hay funcionarios que, sobre el papel, parecen extraordinarios. Estudiados en el exterior, con visión de Estado, buena comunicación, presencia en redes sociales y capacidad para inspirar confianza. Pero muchas veces son ellos mismos quienes deciden rodearse de personas mediocres, sin criterio propio y, en algunos casos, con una mentalidad de saqueo, de esas que no le han robado la cartera a su jefe porque nunca la ha dejado descuidada.
Las grandes transformaciones no las logra una sola figura. Las logra un equipo competente, leal a una visión y capaz de multiplicar el liderazgo de quien dirige.
Por eso, cuando la ciudadanía vea a una superestrella de la política o de la administración pública, debería hacerse una pregunta tan simple como reveladora. ¿Quiénes son las personas que la rodean? Ahí, muchas veces, está la verdadera explicación del éxito o del fracaso.





















































