Recientemente, en una estación de combustible del barrio La Joya, Santiago, se intentó un linchamiento: haitianos ataron a un joven haitiano a un poste, inmovilizado con un cable, similar a un andullo en su yagua, con el fin de quemarlo vivo. La turba haitiana reclamaba su muerte: ¡Quémenlo! y lo acusaba de robo. Los dominicanos consternados impidieron la barbarie.
Este evento evoca la figura histórica de François Mackandal, el líder cimarrón ejecutado en la hoguera por las autoridades coloniales francesas el 20 de enero de 1758 en Cap-Français, Haití. Fue quemado vivo.
¿Quién fue Mackandal? Nacido en África, fue trasladado a Haití cuando era niño. Fue esclavizado en una plantación azucarera de la región de Limbé, donde perdió la mano derecha en un molino de caña. Tras su fuga, se convirtió en un jefe que durante años lideró una campaña de envenenamiento contra los colonos franceses y su ganado.
Traicionado y capturado, fue condenado a morir en la hoguera. La crónica colonial registra que, mientras ardía, el poste cedió y Mackandal pareció escapar de las llamas; hasta que los soldados franceses lo sujetaron de nuevo y lo devolvieron al fuego. Se le venera y se le considera el “Padre Espiritual” de la independencia haitiana. Y, para colmo, hechicero de vudú y musulmán.
La fijación atávica por el fuego en los linchamientos haitianos se manifiesta en el llamado “collar del suplicio”: a la víctima, atada o inmovilizada, a veces se le coloca un neumático alrededor del cuello o del cuerpo, se le rocía con gasolina y se le prende fuego.
De ahí la pregunta ineludible: sobre todo, en un momento en el que el Instituto Duartiano respalda la encomiable labor del Vicealmirante Luis Lee Ballester, de la Dirección General de Migración, quien deportó a más de 100,000 extranjeros en el primer trimestre de 2026. ¿Desea la tecnoestructura globalista de fronteras abiertas que estas costumbres aberrantes echen raíces en el país?
La historia de Mackandal es una advertencia y, bajo ningún concepto, debemos permitir que este salvajismo, cuya genealogía simbólica se remonta a su figura, se perpetúe.





















































