El peor enemigo de un servidor público no siempre está fuera. Muchas veces está sentado a su lado, aplaudiendo.
Un funcionario que solo se rodea de gente complaciente termina viviendo en una mentira cómoda. Le dicen que todo está bien, que la crítica es ataque, que el ciudadano no entiende, que la prensa exagera y que los errores son culpa de otros. Así se fabrica la desconexión.
El poder necesita carácter alrededor, no lambones. Necesita gente capaz de decir no, de advertir, de disentir y de poner los pies sobre la tierra antes de que una mala decisión golpee al ciudadano.
Cuando nadie contradice al funcionario, el funcionario deja de corregir. Cuando nadie le señala sus excesos, empieza a creer que todo se le permite. Ahí aparece el síndrome de Hubris, esa soberbia del poder que lleva a algunos a creerse intocables, indispensables y superiores al resto. Y cuando un servidor público empieza a creerse infalible, comienza también a cometer errores graves.
La verdadera lealtad no es aplaudir lo indefendible. La verdadera lealtad es decir la verdad aunque incomode. Es evitar que el poder se vuelva soberbio, ciego y abusivo. Pero muchos servidores públicos no quieren equipos. No quieren criterio. No quieren personas con ideas propias. Quieren borregos. Quieren gente que repita, calle y aplauda.
Y al final, como siempre, quien paga esa fábrica de aduladores es el ciudadano.





















































