Las elecciones rara vez son un accidente. Los resultados pueden gustarnos o disgustarnos, pero casi nunca deberían sorprendernos. Al final, los gobernantes son el reflejo de las sociedades que los eligen.
El periodista y humorista brasileño Barão de Itararé dejó una frase provocadora que ha sobrevivido al tiempo. Si hay un idiota en el poder es porque quienes lo eligieron están bien representados. La cita incomoda porque desplaza la responsabilidad del gobernante hacia el ciudadano. Nos obliga a mirar más allá del candidato y preguntarnos qué valores, prioridades y criterios dominan en la sociedad que vota.
Pero la reflexión funciona en ambos sentidos. Si una comunidad elige personas preparadas, responsables y con visión, eso también habla bien de sus votantes. Significa que existe una ciudadanía que premia las ideas, la capacidad y el trabajo por encima de los aplausos fáciles.
Por eso la calidad de nuestros gobiernos no comienza en el palacio presidencial, en el congreso o en el ayuntamiento. Comienza en la conciencia de cada elector. Un pueblo que tolera la improvisación terminará siendo gobernado por improvisados. Un pueblo que exige excelencia tendrá más probabilidades de obtenerla.
Los gobernantes no aparecen de la nada. Son el producto de nuestras decisiones colectivas. Antes de juzgar a quienes están en el poder, conviene preguntarnos qué estamos premiando cada vez que entramos a una urna. En democracia, muchas veces el espejo más incómodo no está en el gobierno, sino en la sociedad que lo eligió.





















































