Lo de Abelardo de la Espriella en Colombia no debe verse como una rareza, sino como una advertencia regional.
Un candidato que hasta hace poco no era visto como figura presidencial tradicional salió de los márgenes, rompió el libreto y terminó encabezando la primera vuelta. ¿La razón? Una ciudadanía cansada de la clase política, de los discursos bonitos, de las promesas maquilladas y de los mismos grupos explicando siempre por qué nada cambia.
Ese es el terreno donde crece el outsider. No nace solamente por carisma. Nace cuando la gente deja de creer en los partidos, en los tecnócratas, en los voceros correctos y en los políticos que hablan mucho pero no conectan con el malestar real.
República Dominicana debe mirar ese fenómeno con atención. La abstención crece, el desencanto se acumula y cada vez más ciudadanos sienten que la política tradicional les habla desde lejos. Pero aquí hay una diferencia. Nuestro sistema de partidos hace muy difícil que un outsider puro llegue desde fuera. Lo más probable es que nazca dentro de una estructura tradicional, usando sus siglas, pero rompiendo su tono.
Será alguien que hable sin pedir permiso, sin tanta corrección política, sin miedo a incomodar y con un discurso directo contra el cansancio ciudadano.
Las condiciones se están tejiendo. Y cuando la gente se cansa de que la mareen, empieza a buscar a quien le hable claro.





















































