Desde el principio, el mal ha tenido una estrategia clara. Dividir. Lucifer no cayó solo por rebelarse contra Dios, sino por romper el orden, fracturar la armonía y sembrar separación donde había unidad. Su caída no fue únicamente un acto de desobediencia, sino el nacimiento de la división como instrumento del mal. Lo mismo ocurre en el Edén. La serpiente no solo empuja a Adán y Eva a traicionar, también introduce ruptura entre el ser humano y Dios, entre el hombre y la mujer, entre la obediencia y el deseo.
Desde entonces, esa misma fuerza ha recorrido la religión, las familias, los matrimonios y las naciones. Divide la fe, enfría el amor, rompe la lealtad y siembra sospecha entre quienes antes caminaban juntos. Casi nunca llega con rostro de maldad evidente. Suele aparecer envuelta en argumentos de justicia, de dignidad, de crecimiento o de verdad personal. Pero cuando el resultado es fractura, enfrentamiento y destrucción del cuerpo común, hay una señal clara de que no opera un espíritu de bien.
Eso aplica con fuerza en la política actual. Muchas veces quien divide cree que lo hace por una causa noble, por incomodidad legítima o por ambición de cambio. Y quizá hasta se convence de que está corrigiendo un rumbo. Pero dividir una estructura para alimentar egos, bandos o intereses personales siempre arrastra un componente oscuro. Porque el bien puede corregir sin romper, puede confrontar sin despedazar, puede renovar sin sembrar odio.
Quien siembra división dentro de una estructura, aunque la disfrace de virtud, termina sirviendo a una lógica antigua. La del mal que separa, corrompe y destruye desde dentro.





















































