La palabra es el verdadero capital de una persona. No el dinero, no el cargo, no la influencia. La palabra. El día que deja de valer, todo lo demás pierde sentido.
No existe patrimonio más valioso que una palabra cumplida. Es el único compromiso que no necesita testigos, abogados ni documentos. Bastaría con decirlo una vez para que quedara sellado. Así se construyen las personas. Así se construyen las naciones.
Sin embargo, hemos normalizado exactamente lo contrario. Vivimos en una cultura donde la palabra se negocia, se acomoda y se desecha según convenga. Donde el mismo político promete una cosa en la oposición y defiende la contraria desde el poder. Donde un discurso de ayer se borra con una entrevista de hoy. Donde los tuits quedan como evidencia de principios que duraron hasta que apareció una cuota de poder.
Con violín y con guitarra. Todo depende de quién gobierna, de quién paga el costo o de quién recibe el beneficio. Ya no importan las convicciones. Importa la conveniencia.
Esa enfermedad también se ha extendido a la vida cotidiana. Se cuadra algo y hay que recordarlo diez veces. Se da una respuesta y luego empiezan las vueltas, las excusas y el mareo. La palabra dejó de ser un compromiso para convertirse en una sugerencia.
Después nos preguntamos por qué nadie cree en nadie. La respuesta es sencilla. La confianza no se destruye con los grandes escándalos. Se destruye cada vez que una persona descubre que la palabra del otro no vale nada.
Cuando una sociedad pierde el valor de la palabra, termina perdiendo también el valor de la verdad.





















































