Los cacerolazos de anoche dejaron una lección que ningún gobierno debería ignorar. El poder suele creer que las calles siempre protestan contra otros, hasta que un día descubre que el sonido también puede dirigirse hacia el Palacio. Quienes ayer celebraban los cacerolazos como la voz legítima del pueblo, hoy las escuchan frente a su propia gestión.
No se trata de un hecho aislado. El asesinato de un joven a manos de un agente policial, la creciente inquietud por los artículos sobre difamación, injuria y ultraje del nuevo Código Penal, y una economía que cada día aprieta más el bolsillo han creado un ambiente de frustración que ya comienza a sentirse con fuerza. Hay ciudadanos que incluso han dejado de comparar con el pasado porque el malestar de hoy les resulta suficiente.
El gobierno necesita una reflexión urgente y profunda. Desde el inicio de este segundo mandato ha transmitido la sensación de haber perdido el rumbo, de escuchar menos y de responder peor. Gobernar también exige leer el estado de ánimo de la sociedad antes de que ese ánimo se convierta en un rechazo irreversible.
Conviene recordar que la posibilidad de un relevo con cualquiera de sus candidatos dependerá, en gran medida, de cómo termine este gobierno. Los cacerolazos nunca cambian de dueño, cambian de destinatario. Si no llegan las correcciones, el ruido de hoy será apenas el preludio del mensaje que mañana enviarán las urnas.





















































