La comunicación pública no puede ser un disparo al aire. Cada vez que publicamos, denunciamos, opinamos o exponemos algo, deberíamos hacernos una pregunta incómoda.
Cuál es el propósito.
No basta con tener una información. No basta con tener alcance. No basta con tener razón. La comunicación que impacta a una sociedad no puede ser un reflejo del ego, del algoritmo o de la rabia del momento. Tiene que responder a un compromiso mayor.
Publicamos para mejorar el sistema. Para que las cosas malas no se repitan. Para exigir justicia. Para señalar responsabilidades. Para detener un acto lesivo contra la ciudadanía. Para advertir un peligro. Para empujar mejores decisiones públicas. Que el país piense mejor, exija más y tolere menos.
Cuando olvidamos ese propósito, desvirtuamos nuestra función. Convertimos la denuncia en espectáculo, la crítica en ruido y la influencia en una herramienta vacía.
Eso no significa que todos debamos comunicar igual. Cada actor cumple una función distinta. Hay quienes explican con calma, quienes investigan con profundidad, quienes editorializan con fuerza y quienes tienen un estilo más crudo, frontal e incómodo. También ellos son necesarios dentro del sistema, porque muchas veces sacuden donde otros apenas susurran.
Pero toda forma debe pasar por el mismo filtro. Cuál es el propósito. Si lo que se publica sirve al ciudadano, al país, a la justicia o a la verdad, entonces no hay que pedir permiso para incomodar. Denle en la madre.





















































