El oficialismo tiene que entender una verdad simple que el poder suele olvidar. Lo que hoy le incomoda, mañana lo aplaude. Así ha sido siempre. Cuando estaba fuera del poder, celebraba a los medios que denunciaban, a la oposición que criticaba y a los periodistas que señalaban. Vivía de eso. Creció sobre eso. Se legitimó con eso.
Pero ahora, desde el gobierno, hay quienes actúan como si cuestionarlos fuera un abuso. Se molestan con la crítica, atacan al que investiga, ridiculizan al que denuncia y se victimizan cada vez que alguien les recuerda sus contradicciones. No pueden ser tan ñoños. No pueden ponerse delicados con las mismas herramientas que ayer les sirvieron para llegar.
Porque la democracia no cambia de valor según quién gobierne. La prensa no deja de ser necesaria porque ahora los señalados sean ustedes. La oposición no se vuelve ilegítima porque les toque aguantar el escrutinio. Y el periodismo no se convierte en enemigo simplemente porque dejó de serles útil.
Hay una hipocresía demasiado evidente en aplaudir la denuncia cuando conviene y condenarla cuando toca recibirla. Si ayer defendían el derecho a cuestionar, hoy les toca soportarlo con la misma firmeza con que antes lo exigían.
El poder también se mide por la capacidad de tolerar aquello que antes se pedía con entusiasmo. Y si no pueden con eso, entonces nunca defendieron principios. Solo defendían su turno.





















































