No hay peor forma de perder el poder que callar mientras otros cuentan tu historia.
Eso empieza a pasarle al PRM.
No porque todo haya salido mal. Esa es la mentira cómoda de sus adversarios. Ha gobernado años difíciles: pandemia, inflación, crisis internacional, Haití ardiendo al lado y un mundo cada vez más caro, nervioso y brutal.
Pero la política no premia la verdad. Premia la verdad que logra imponerse.
El Código Penal terminó convertido en símbolo de torpeza. No importó que el país necesitara actualizar una legislación vieja. Lo que llegó a la calle fue otra cosa: sospecha, miedo, incertidumbre y un Congreso corrigiendo tarde.
En democracia, corregir no es debilidad. Corregir sin autoridad sí lo es.
Después vino Darlin. Un muchacho de 19 años muerto por un policía en Herrera.
Eso no es un incidente. Es una acusación contra el Estado. Contra la promesa de reforma, autoridad y justicia.
Cuando un uniforme mata abusivamente, el Estado no puede hablar como notario. Tiene que castigar como Estado.
La calle no se encendió por casualidad. Había gasolina: carestía, cansancio, sucesión interna, dirigentes mudos y operadores cuidando su parcela mientras el relato común se deshace.
Ese es el desastre.
El PRM no se está quedando sin bocinas. Bocinas sobran. Lo que falta es voz.
Una bocina repite. Una voz entiende.
Una bocina protege cargos. Una voz defiende sentido.
Durante años el poder alimentó monstruos creyendo que compraba defensa. Les dio acceso, legitimidad, importancia y recursos. Les enseñó que destruir rinde más que construir y que castigar da más tráfico que defender.
Ahora descubrió lo obvio: quien vive del incendio no pertenece al bombero. Pertenece al fuego.
Pero el Gobierno no puede responder como víctima de influencers. Sería rebajarse. Tampoco puede gobernar desde sospechas de conspiración. Si hay pruebas, se presentan. Si no, se manda.
El Estado no está para quejarse. Está para conducir.
Y conducir exige justicia visible por Darlin, corrección limpia del Código Penal y orden político dentro del PRM.
Porque la sucesión está fragmentando el poder.
Cada aspirante construye su parcelita. Cada funcionario calcula. Cada grupo cree defender futuro mientras debilita el presente. Todos hablan de continuidad mientras serruchan la silla donde esa continuidad tendría que sentarse.
Luis Abinader conserva capital. Pero ningún presidente puede defender solo un gobierno, un partido, una sucesión y una historia.
El PRM necesita voces con criterio, no aduladores. Mentes orgánicas, no alquilados con reseña. Carácter, no prudencia cobarde. Relato, no propaganda. Y, de una maldita vez, distinguir entre quienes piensan el poder, lo defienden con la cara descubierta y quienes solo viven de repetirlo.
El cambio no se defiende diciendo que todo está bien.
Se defiende corrigiendo a tiempo, dando la cara y dejando de premiar el eco donde hace falta pensamiento.
El poder que no escucha se rompe.
El poder que no corrige se pudre.
El poder que no se narra se entrega.
Y el poder que se entrega por cobardía después no tiene derecho a llamarse víctima.





















































