Los decretos que vienen no solo llenarán vacantes. También definirán el nuevo balance del poder dentro del PRM. Ese es, quizás, el desafío más delicado que enfrenta hoy el presidente Luis Abinader. Porque en política, un nombramiento nunca es solo un nombramiento. Es una señal, un mensaje y, muchas veces, una toma de posición.
Nadie desconoce que las dos estructuras con mayor peso dentro del partido son las encabezadas por David Collado y Carolina Mejía. Tampoco es un secreto que buena parte de los funcionarios responde políticamente a uno de esos dos liderazgos. Por eso, cuando comiencen las rotaciones, el país no solo contará quién salió y quién entró. También contará qué grupo ganó terreno y cuál lo perdió.
Si el presidente realmente pretende mantenerse como árbitro y no como jugador de la carrera presidencial, deberá demostrarlo con hechos. Un reparto equilibrado entre esas dos corrientes, junto con espacios para los dirigentes leales a su liderazgo, los llamados luisistas, enviaría un mensaje de unidad y de imparcialidad.
Pero si la balanza se inclina demasiado hacia un solo lado, comenzarán las interpretaciones, las sospechas y las heridas internas. Y en política, las percepciones suelen tener tanto peso como las decisiones. Los decretos que vienen no solo reorganizarán el Gobierno. También podrían empezar a escribir el primer capítulo de la sucesión presidencial dentro del PRM.





















































