«En la confianza está el peligro». Hay pocas formas más crueles de comprobarlo que la imagen de Zeneida Castillo preparando comida y jugos a quienes luego la asesinaron. Les abrió la puerta porque conocía a uno de ellos. A su esposo, Julián Oro Duro, también lo atacaron.
Phillips Michael Tejeda, señalado preliminarmente como quien habría contactado a otros implicados, era el «todólogo» de Julián. Le reparaba el portón, instalaba equipos en su habitación y lo acompañaba a sus presentaciones. Según relató el artista a los investigadores, sabía cuándo cobraba y dónde guardaba su dinero.
No está probado que la envidia fuera el móvil. Pero cuesta no pensar en ella al ver cómo alguien tan cercano pudo convertir la vida de una familia en información para atacarla. Qué miserable sería mirar la casa que te abrió sus puertas y dedicarte a calcular cuánto puedes quitarle.
La traición es eso. Recibir confianza y devolver violencia. Sentarse a una mesa donde te sirven comida mientras esa familia ignora el peligro que acaba de dejar entrar.
La justicia deberá establecer la responsabilidad de cada implicado, pero Julián ya perdió a Zeneida. Y quizá también perdió, por mucho tiempo, la tranquilidad de volver a abrirle la puerta a alguien conocido.





















































