La figura más odiada por cierto funcionariado y por cierto empresariado “vueltero” no es la del opositor, ni siquiera la del adversario político. Es la del detractor.
Para ellos, el detractor es todo aquel que se atreve a señalar, cuestionar, revelar o incomodar. El que públicamente, o incluso en privado, se atraviesa en los negocios, las andanzas o los planes de quienes creen que el Estado es una finca con dueño. Basta con que alguien les desmonte una narrativa, les exponga un privilegio o les dañe una maniobra, para que automáticamente lo conviertan en enemigo.
Y casi siempre es un enemigo unilateral. Porque el detractor muchas veces ni está pensando en ellos como ellos creen. Solo está cumpliendo con un deber básico en toda sociedad decente, decir que lo mal hecho está mal, que lo robado es robado y que lo corrupto no se puede normalizar.
Por eso detestan tanto al detractor. Porque el detractor no discute desde la cortesía del despacho ni desde la hipocresía institucional. El detractor entra donde les duele. Les mete el jabón en el sancocho, les mata el gallo en la funda y les recuerda que no siempre podrán tragarse el país en paz.
Que les quede claro. El detractor no es el problema. El problema es aquello que necesita ser detractado. El problema no es el que denuncia el privilegio, sino el privilegio mismo. Y mientras más odiado sea el detractor por los vivos, los vuelteros y los que se creen intocables, más falta hace. Porque cuando el poder le teme a quien habla, es porque todavía no ha logrado comprarlo todo.





















































