Una publicación que vimos en medio de la tragedia en Venezuela comenzaba con una frase que debería hacernos reflexionar. "No voy a dejar nada para la próxima vez". Su autora contaba que durante años guardó intacta la cristalería de su boda, esperando la ocasión perfecta para usarla con sus amigas. Hace apenas unos días pensó que en la próxima reunión por fin sacaría sus copas de cristal checo. Esa reunión nunca llegó.
Pero el centro de su mensaje no eran las copas. Era su amiga. Esa compañera de universidad que la acompañó durante toda una vida, que dormía en su casa cuando la visitaba, que siempre estuvo para escucharla y apoyarla. Hoy ya no está. Fue rescatada de entre los escombros sin signos vitales. Y esa ausencia hizo que todo lo demás perdiera cualquier importancia.
Cuántas veces hacemos lo mismo. Guardamos objetos para un mejor momento, pero también dejamos para después ese abrazo, ese te quiero, ese perdón, esa llamada, esa visita y tantas conversaciones que nunca ocurren, porque vivimos convencidos de que siempre habrá un mañana.
La vida no nos garantiza una próxima reunión, un próximo fin de semana ni una segunda oportunidad. Lo único seguro es el presente. Las tragedias nos recuerdan, una y otra vez, que el verdadero lujo nunca fueron las cosas que guardamos, sino las personas con quienes podíamos compartirlas. El mejor momento nunca ha sido mañana. El mejor momento siempre ha sido hoy.





















































