Hay una escena que todos vimos alguna vez en una calle. Un grupo de niños juega fútbol, la tarde avanza y todo parece normal hasta que el dueño de la bola empieza a perder. Entonces protesta una falta, desconoce un gol, acusa a los demás de tramposos y, cuando entiende que el juego ya no gira a su favor, hace lo único que le queda. Agarra la pelota y se va.
No ganó. No convenció. No demostró liderazgo. Solo castigó a todos porque no pudo imponer su deseo.
Ese retrato infantil se parece demasiado a ciertas conductas de la política dominicana. Aquí abundan dirigentes que hablan de unidad mientras el tablero los favorece, pero cuando sienten que otro crece, que una figura los desplaza o que su fuerza queda relegada a una posición bisagra, empiezan los silencios calculados, las heridas públicas, las amenazas veladas y la tentación de romper el juego.
La democracia no puede depender del berrinche de quien no quedó primero. Tampoco puede quedar secuestrada por quien descubre tarde que su poder no era absoluto, sino prestado por una coyuntura, una estructura o una marca partidaria.
En política, perder espacio también exige carácter. Quedar segundo, ceder protagonismo o negociar desde una posición menos cómoda no autoriza a dinamitar el proceso. Al contrario, ahí se mide la verdadera estatura de un liderazgo.
Porque la pelota no es de quien la compró, ni de quien la pateó primero, ni de quien creyó tener derecho natural a dirigir el juego. La pelota es de todos los jugadores.





















































