Editoriales

El costo de competir desde la formalidad

Hay decisiones que cambian la vida de una persona. Abrir un pequeño negocio es una de ellas.

Detrás de cada empresa que nace existe una historia distinta. Algunas surgen del deseo de alcanzar independencia económica; otras, de la pasión por un oficio aprendido durante años; muchas representan el esfuerzo de una familia que decidió convertir sus ahorros en un proyecto de vida. En todos los casos existe un elemento común: la esperanza de construir algo propio y verlo crecer con el tiempo.

Formalizar ese sueño constituye el primer gran paso. Significa dejar de operar únicamente como una persona física para asumir la responsabilidad de una estructura empresarial con identidad propia, obligaciones independientes y una organización que permita desarrollar una actividad económica de manera estable y conforme al marco legal.

Sin embargo, la formalidad no representa únicamente una decisión jurídica. También supone el inicio de una nueva realidad administrativa y financiera que muchos pequeños empresarios desconocen hasta el momento en que comienzan a recorrer ese camino.

A partir de entonces aparecen responsabilidades que van mucho más allá del producto o del servicio que se ofrece. La empresa necesita llevar una contabilidad organizada, cumplir obligaciones laborales y de seguridad social, atender compromisos tributarios, mantener documentación legal actualizada y asumir una serie de gastos administrativos indispensables para operar conforme a la ley.

Todo ello forma parte de la formalidad y resulta necesario para participar de manera ordenada en la economía. De hecho, una empresa formal encuentra oportunidades que difícilmente estarían disponibles para quien permanece en la informalidad: acceso al financiamiento, posibilidad de contratar con grandes empresas, participación en determinados mercados y, eventualmente, la capacidad de convertirse en proveedor del propio Estado.

Por esa razón, la formalidad no debe entenderse como una carga en sí misma. Constituye una condición necesaria para que una empresa pueda crecer, consolidar su reputación y aspirar a mayores oportunidades comerciales.

El verdadero desafío comienza después.

Abrir un negocio exige valentía. Mantenerlo exige planificación, disciplina y capacidad de adaptación. Ninguna empresa permanece en el mercado únicamente porque tuvo una buena idea. Su permanencia dependerá de la manera en que logre enfrentar los cambios económicos, absorber los incrementos en sus costos de operación y competir en un entorno que constantemente modifica sus reglas.

Es precisamente en ese punto donde surge una de las mayores preocupaciones de la pequeña empresa dominicana: cuando el costo de permanecer dentro de la formalidad comienza a poner en riesgo la sostenibilidad del negocio.

La administración de una empresa formal implica asumir responsabilidades que trascienden la actividad comercial que le dio origen. Los gastos de contabilidad, las obligaciones laborales y de seguridad social, el cumplimiento tributario, la asesoría legal, los costos administrativos y las exigencias regulatorias forman parte de una estructura que permite operar conforme al ordenamiento jurídico. Son cargas propias de la formalidad y, por tanto, previsibles para quien decide emprender bajo ese modelo.

Sin embargo, los escenarios económicos cambian. Toda empresa está expuesta a variaciones en los costos de operación, reajustes tributarios, incrementos en el precio de los servicios básicos y transformaciones propias del mercado. La capacidad de adaptación constituye una condición indispensable para sobrevivir. En ocasiones será necesario revisar precios, optimizar procesos, replantear estrategias comerciales o reducir gastos sin sacrificar la calidad que ha permitido construir una reputación frente a los consumidores.

Hasta ese punto, el desafío forma parte de la dinámica natural de cualquier actividad empresarial.

La dificultad aparece cuando esa capacidad de adaptación debe desarrollarse en un mercado donde no todos los competidores asumen las mismas responsabilidades.
Una pequeña empresa formal calcula sus precios considerando cada uno de los costos que implica operar dentro de la legalidad. Quien desarrolla la misma actividad desde la informalidad, en cambio, puede prescindir de muchas de esas obligaciones y trasladar esa diferencia directamente al precio final que ofrece al consumidor. El resultado es una competencia en la que el valor de un producto o de un servicio no responde únicamente a la eficiencia del negocio, sino también al distinto nivel de cargas que cada participante soporta.

En ese contexto, cualquier incremento generalizado de los costos de operación produce un efecto más intenso sobre quienes ya cumplen con todas las obligaciones legales. La reciente Ley núm. 30-26 reavivó ese debate al introducir cambios que inciden en la realidad tributaria de las empresas. Más allá del análisis específico de sus disposiciones, la discusión que plantea resulta más amplia: ¿cómo fortalecer la formalidad cuando el mercado continúa funcionando bajo condiciones desiguales?
La respuesta no consiste en cuestionar la necesidad de contribuir al sostenimiento del Estado. Toda sociedad requiere recursos para financiar los servicios públicos y hacer posible el funcionamiento de sus instituciones. La discusión, más bien, gira alrededor de las condiciones que hacen sostenible esa contribución para quienes deciden desarrollar sus actividades dentro de la legalidad.

En la práctica, muchos pequeños empresarios perciben que el esfuerzo económico que realizan para mantenerse formales no encuentra una correspondencia clara en la calidad de los servicios públicos que reciben. Esa percepción, compartida o no, influye directamente en la forma en que la ciudadanía entiende la relación entre el cumplimiento de sus obligaciones y la confianza en las instituciones. No se trata únicamente de pagar impuestos; también se trata de sentir que esos recursos contribuyen a construir un entorno que facilite el desarrollo de quienes cumplen con las reglas.

Por ello, el debate sobre la formalidad no puede reducirse exclusivamente al aumento o disminución de las cargas tributarias. También exige reflexionar sobre la competitividad, la eficiencia institucional, la simplificación administrativa y la necesidad de crear incentivos reales para que cada vez más personas decidan incorporarse a la economía formal.

La pequeña empresa necesita reglas claras, estabilidad y la posibilidad de competir en condiciones razonablemente equilibradas. La formalidad seguirá representando el camino correcto para crecer, acceder a nuevos mercados y construir empresas con vocación de permanencia. Sin embargo, ese camino debe ser compatible con la realidad económica de quienes, con esfuerzo y disciplina, sostienen buena parte del tejido empresarial del país.

Exigir formalidad es indispensable.

Pero una economía que aspira a fortalecerla también debe procurar que esa formalidad sea económicamente sostenible.
Solo entonces la decisión de cumplir con las reglas dejará de percibirse como un sacrificio permanente y podrá consolidarse como una verdadera oportunidad de crecimiento para las pequeñas empresas y, con ellas, para el desarrollo económico del país.

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