La verdadera prueba del compromiso con la transparencia no llega cuando todo anda bien. Aparece cuando un escándalo o una denuncia sale a la luz pública. En ese momento hay dos caminos. Investigar para conocer toda la verdad o molestarse porque la verdad escapó de las paredes donde algunos querían mantenerla.
Quien se molesta por la existencia de la denuncia, en lugar de concentrarse en esclarecer los hechos, envía un mensaje muy claro. Su prioridad no es la transparencia. Es el control. Control sobre la información, sobre el relato y, si fuera posible, sobre lo que la ciudadanía puede o no conocer.
Las instituciones fuertes no le temen a la luz. Le temen a la impunidad. Entienden que la crítica y el escrutinio son parte del precio de administrar recursos y ejercer poder. En cambio, las instituciones débiles reaccionan contra quien denuncia, contra quien investiga o contra quien publica, como si el problema fuera el mensajero y no el contenido del mensaje.
La transparencia nunca ha consistido en ocultar los errores hasta que desaparezcan. Consiste en enfrentarlos, corregirlos y rendir cuentas. Quien se irrita porque un escándalo fue conocido por la opinión pública, probablemente nunca estuvo defendiendo la transparencia. Solo estaba defendiendo el monopolio de la información.





















































