Tras asumir la presidencia del PRM, Luis Abinader prometió que no utilizará el cargo para escoger sucesor, construir una candidatura ni imponer un heredero. Pero la neutralidad de un presidente no se mide únicamente por sus palabras o decisiones. También se mide por los movimientos de quienes gravitan a su alrededor.
Si figuras del Palacio como José Ignacio Paliza o Raquel Peña respaldan una candidatura determinada, será inevitable que algunos sospechen que es el hombre que está en eso. Aunque Abinader permanezca públicamente al margen, cada adhesión de su círculo cercano podría inclinar la percepción de la contienda.
Ahí entraría el balance de Luis. La fórmula podría estar en los decretos pendientes. Designaciones capaces de compensar fuerzas, abrir espacios y devolver la sensación de equilibrio dentro del oficialismo. Si decidió convertirse en árbitro, no le conviene casarse con ningún precandidato, sino garantizar que todos compitan sin sentir que el Palacio ya escogió.
Quizás el verdadero movimiento no sea imponer al candidato, sino conservar influencia, cualquiera que sea el resultado. Y en ese escenario podría aparecer una figura íntimamente cercana, como la primera dama Raquel Arbaje, para convertirse en eventual compañera de boleta del candidato o candidata presidencial del PRM.
Luis no necesita imponer un heredero. Le basta con mantener balanceado el tablero hasta que quede claro quién puede sucederlo.





















































