Manolo Ozuna tiene ese talento peculiar de convertir lo cotidiano en un espejo político incómodo. En su programa Politihablando, lanzó una pregunta que parece simple, pero golpea con la fuerza de un bate. Si tu hijo llega a casa con un arete, ¿no se lo notas de una vez? ¿Y si llega con un yipetón? ¿También se lo notas?
La analogía es devastadora precisamente porque todos la entendemos. Conocemos a los nuestros. Sabemos lo que ganan, lo que tienen, lo que pueden permitirse. Y cuando algo no cuadra, se nota. No hace falta ser detective ni la DGII. Basta con tener memoria y sentido común.
El Estado ha sido durante décadas ese padre que ve el yipetón en la puerta, el Rolex en la muñeca, la villa levantándose en el Este con un dinero que ningún sueldo público puede explicar, y aun así decide mirar hacia otro lado. No porque no lo vea. Sino porque ha aprendido que mirar hacia otro lado es más cómodo, más seguro y, sobre todo, más rentable.
Y no, no es un problema de un solo gobierno. Es una costumbre podrida que ha sobrevivido colores, partidos, discursos y promesas. Una herencia maldita que se traspasa de administración en administración como si fuera parte del protocolo de transición.
El Estado tiene que convertirse en el padre que pregunta, que desconfía, que no acepta cuentos, que no se deja entretener con excusas. El padre que ve el yipetón, cruza los brazos y exige una explicación completa antes de que caiga la noche. Porque ese es el estándar que cualquier hogar decente aplica sin necesidad de ley ni reglamento.




















































